martes, 2 de diciembre de 2014

Sobre el Deportivo

Creer en el Deportivo durante los últimos cinco años es un acto de fe. Y hablo del juego. El Real Madrid tiene por mantra que “es de los socios”, pero el Deportivo no. El Depor es de la ciudad. Esa mística, perdonen que me ponga intenso nada más empezar, de una ciudad que bebe de un equipo que recorrió el trayecto de la nada al todo y el inverso tan sólo con un leve gesto de contrariedad y encogiéndose de hombros. Muy gallego todo. Muy coruñés.

Estos días hay cierta tendencia a minimizar no sólo desde los clubes, sino desde las aficiones. Los Blues no son tan malos, el Frente son cuatro y ese fondo está repleto de personas de bien. Hay gente pacífica con abono detrás de esa portería del Calderón, lo sé; pero no son mayoría. También sé que hay ‘blues' que se enrolaron por el colorido, las canciones y la animación que tienen, pero están rodeados de extremismo. También hay una coletilla por Coruña que asegura que el Depor no sería lo que es sin Riazor Blues. Estoy de acuerdo, puede que fuese algo mejor.

La decisión del Depor de cerrar los dos próximos partidos la grada de Maraton es, como ellos mismos reconocen, simbólica. De qué, pregúntenle a otro o que cada uno entienda lo que quiera. Ese texto es peligroso porque deja cierto aroma a víctima sin culpa, desolada, que acaba con el anuncio de un minuto de silencio mañana en Riazor. Estar a la vez contra la violencia y guardando luto por un violento es complicado, si no imposible. La familia de Francisco Javier merece poder enterrarle en paz y guardarle todo el luto que crea oportuno, pero el deportivismo no le debe homenaje a ‘Jimmy’. Humanidad no es sinónimo de comprensión. Afligidos sus familiares y amigos, pero al resto del estadio déjenlo desmarcarse de lo que ocurrió el domingo.

En la misma nota, el Depor anuncia entradas a un euro para convertir Riazor en eso que los cursis llaman “la fiesta del fútbol”. Cuantas más bajas las entradas, más jóvenes con pulmones para animar. Parece sencillo. No sé si a Tino se le ha pasado por la cabeza echar a los Blues de Riazor y ofrecer ventajas económicas en abonos, entradas y desplazamientos como incentivo para la creación de una peña de animación que haga eso. Y sólo eso. A la primera bronca, a la calle. Ejemplos, también en España, tiene.



viernes, 29 de agosto de 2014

Xabi Alonso

Xabi Alonso se suma a la larga lista (lista, a secas, no me voy a hacer el machito) de mujeres que me han abandonado. Incluso ha empleado frases de ruptura: "Lo difícil es saber cuándo decir adiós", "no es el club, soy yo"... En unas horas los jóvenes desenamorados comenzarán a emplearlas. Xabi es así, crea escuela.

La marcha de Alonso no debe ser en vano; su sacrificio exige una recompensa. Me explico: Cuando al planeta Tierra llega un bicho bola rosa llamado Bubú y los grandes luchadores ven que es imposible derrotarlo por muchos capítulos que lleven peleando, Vegeta, el príncipe de los Superguerreros, toma una decisión trascendental: inmolarse. No puede volver a resucitar ni siquiera juntando las bolas, ve cómo el universo se desmorona y toma la que cree mejor y única decisión: juntarse a Bubú y pegar un petardazo que los avíe a los dos. Su sacrificio es por un bien superior y todos así lo entienden. Claro, todos menos Yamcha, pero es que él es idiota.

A Alonso le vale el apodo de príncipe. Una elegancia exterior e interior que se va. Quedan CR y Ramos de referentes estéticos. Eso y el dragón, casi nada. Xabi es Vegeta. El Madrid, el planeta Tierra y el bicho bola, bueno; Ya supondrán. Cierto es que Bubú vuela, y eso permitiría al aficionado madridista no sufrir tres infartos en cada balón aéreo, pero la comparación sigue siendo válida. Xabi no puede vencer, ve cómo caen otros superguerreros y toma la decisión: me inmolo. No para llevarse consigo a nadie, sino para abrir los ojos de quién y cómo maneja el cotarro. Además da otra lección que el madridista debería recordar: Xabi se va sin que se le pueda echar en cara que sobraba. Nadie podrá decirle que estuvo cobrando bien y viviendo mejor una jubilación anticipada. Hay quien se va sin que se le pida y quien se queda entre empujones. Todos así lo entienden. Claro, todos menos los piperos, pero es que ellos son idiotas.



martes, 26 de agosto de 2014

Los coñazo

A mí me dicen hielo y agua y lo primero que respondo es whisky. Aunque peor es un amigo de Málaga, que no contestaría ni una palabra, se lo llevaría a la boca con la misma firmeza que Francis Underwood maneja su casa o, lo que para él significa lo mismo, Estados Unidos.

Este verano, sin embargo, se ha venido usando el hielo y el agua para dar visibilidad al ELA que intuyo, sin ser médico pero con máster en wikipedia, es una enfermedad y una putada. O una putada de enfermedad. Unas siglas que el mortal sólo ve cuando aparece Stephen Hawking en pantalla y eso si no es verano, con el modo digital apagado salvo para mandar fotos de pies a la orilla del mar.

Pero entre fotos instagram de esa vecina guapa que no te saluda pero que tú ahora puedes ver en bikini -bendito internet- o de tu jefe poniéndose intenso sobre su última visita cultural -maldito internet- han aparecido vídeos de gente famosa, o de vecinas cañón, que reta a otra gente famosa a, simplemente, echarse un cubo de agua helada por encima en apoyo de los enfermos de ELA.

Ha sentado mal, como supondrán. Soplapollez veraniega, dicen. Menos cubos y más cash y tal. Es cierto que a veces tienen gracia esas críticas, como la de Charlie Sheen, un ejemplo vital para toda persona de bien una vez desaparecido el último Panero, o un amigo que se alegraba de que volviese la Liga por que, durante 90 minutos, los jugadores no saldrían tirándose un cubo.

Las críticas llegaron al propio acto, no ya el trasfondo: tirarse agua por encima en un mundo en el que hay tanta falta de ella es insolidario, frívolo, pertenecer a la casta y ser mourinhista. De estos tristes, que por cómo se expresan parecen no haber jugado de jóvenes a llenar globos de agua y tener por diana la camiseta de la chica de clase que empieza a desarrollarse, no diré nada. O casi, por que tirarse el agua no es un capricho, sino un intento simplón y nunca aproximado de ver cómo reacciona el cuerpo ante una parálisis.

Estando de acuerdo en el factor postureo, me parece que la campaña hace más bien que mal, por mucho que se quejen desde la Asociación del Ceño Fruncido (ACF, presidida por el agente Murtaugh con el eslogan "Soy demasiado viejo para esta mierda"). No sé cuánto cobra un famoso, deportista, cantante o vividor, por una campaña publicitaria, pero emplear a todos ellos, a nivel mundial, hubiese costado más que los fichajes de James, Cristiano y Bale juntos. No creo que las asociaciones tengan el presupuesto del Real Madrid y la visibilidad que ha tenido el ELA durante una estación del año en la que estamos acostumbrados a vaguear más de lo normal ha sido enorme. Más que enorme. Y a coste cero. 

El acto en sí es una gilipollez graciosa, sí. Dónde está el problema. Estamos acostumbrados a que si no se habla de algo con chaqueta y corbata y poniendo cara de fin del mundo parece que no nos importa una mierda. Añadan que también está el tema de que, dicen, el cubo no repercute en dinero, o no en todo lo deseable. Para las fundaciones de afectados mucho siempre será menos de lo deseable, por que es como tiene que ser. Pero en el universo de los que, afortunadamente, no la sufren, poco o mucho es más que nada.

Contribuciones aparte, el reto del cubo helado ha conseguido algo que a las fundaciones mundiales de la enfermedad les hubiese costado mucho presupuesto: que se hable de ella en todo el mundo. Como mencioné a Panero me parece de justicia citar al, para mí, mejor: Michi. Él definió mejor que nadie -y eso que vivió sin redes sociales, lo que se hubiese divertido- al odiador profesional: "En esta vida se puede ser de todo menos un coñazo". Gracias Michi.



lunes, 7 de abril de 2014

90 minuti en Riazor son molto longo

“¿Para qué te gastas el dinero?”. Antes de que respondiese a mi abuelo, Pandiani, aquel uruguayo que lo mismo le daba un rifle que un camión, ya había hecho el primero.

“Después de perder 4-1 es tontería que vayas a Riazor”. Recordando el bar donde me había dicho el mismo abuelo de la frase anterior que me esperaba a la salida del partido llegó Valerón (siempre el 21) para plantar de cabeza (¡ÉL, de cabeza! Aquel día era todo ilógico) y dejar a Riazor creerse Bernabéu. En ese remate, con el Dépor aún eliminado, cambió todo. Tanto, tanto, que incluso se cambió de deporte. Los de blanquiazul eran esos que tenían la Historia de su parte y los otros, aquellos italianos de rojo y negro, a saber con quién habían empatado. ¿Kaká? -el de 2004, háganse cargo-, ¿Inzaghi? Suplentes del Sporting de Hortaleza.

“Mira que venir desde Madrid sólo para sufrir”. Luque corrió un balón de esos que solía mandar Molina no se sabe bien si con destino campo rival o su Valencia natal, y la clavó en la escuadra. En la puta escuadra. Uno, que acababa de convertirse en mayor de edad apenas 15 días antes, abdicó de tal condición para volver a los 10 años. Al grito. Al “¿examen? ¡¿de qué carallo me hablas?!”. Al ver a un Juanito más deportivista que madrileño corriendo por ahí, siempre y cuando Mauro, el portero de discoteca (y el nombre de la discoteca era centro del campo), decidiese que te permitía pasar.

Llegó el descanso con 3-0 y mi abuelo seguía pesimista. Sería por el hambre en la guerra. Sin embargo, el Dépor, al contrario que el Gobierno, aceptó darle la vuelta a la herencia recibida desde Milán sin queja. Lo hizo en la mitad de la legislatura que es un partido de Champions. En la grada se cruzaban gritos de gente preguntando el marcador, borrachos de aguardiente y goles -si es que no son lo mismo-, otros que exigían más sangre lombarda y unos por ahí que estaban más de acuerdo con el pesimismo de mi abuelo: “y ahora...el palo”. Lo otro y lo uno en Riazor no son una contradicción, sino su alma. Lo raro es que esas tres cosas no saliesen de la misma boca en un ejercicio de contorsionismo extremo de misticismo gallego.

Cuando tocó a descanso el silbato, el Deportivo estaba en pleno subidón. Como cuando te encienden las luces de la discoteca y estabas a tan sólo tres cubatas más de hacerte a esa morena. ¡Ahora no! Corrieron hacia los vestuarios como si allí se siguiese jugando el partido. Un partido al que no habían invitado al campeonísimo Milan, retirado del campo con el ánimo del que, pagados esos tres cubatas más, no se come un colín. “Noventa minuti en Riazor son molto longo”, dijo en perfecto italiano Jabo. O eso quiero creer.

En la segunda mitad, el público pedía la hora antes de sacar de centro. Lo cual es una maravilla para vivir tranquilo durante unos 45 minutos en que crees que cualquier balón que esté medianamente cerca de Molina, aunque sea de Nivea y lo esté pateando un bebé en la playa, es ¡goooluy! del rival. Ancelotti ya era Ancelotti y tardaba en cambiar cosas e Irureta, como buen vasco, dijo que mientras él siguiese allí, mascando chicle, Kaká se iba a llevar más patadas que cuentas tiene un Rosario.

Sustos haberlos, hubo. En Galicia gusta el drama y si la no-liga de Djukic no pudo ser más dolorosa o la segunda Copa del Rey más orgásmica, sellar la mayor remontada en Champions League no iba a irle a la zaga, así que la cerró Fran. El último guantazo a Italia fue de un gallego, que no estaba en la Luna ni venía de Ferrol, pero que montó una pandeirada sideral que Zapato veloz todavía anda mirando cuándo sacar el single.

La historia de La Coruña con Hércules empezó antes de que Fraga fuese presidente de la Xunta. Venció al gigante Gerión a orillas del Atlántico, enterró su cabeza y construyó una torre ( que en alarde de originalidad se llama Torre de Hércules) sobre ella. Una leyenda dicen, que se lo pregunten al gigante de Ancelotti, Maldini & co.



martes, 11 de marzo de 2014

Una década

Hubo un tiempo, meses, en que me preguntaba por qué. Estrené la mayoría de edad justo una semana después, el 18 de marzo de 2004, y siempre fui de crecimiento lento así que los porqués seguían saliendo de mi boca tiempo después de que esa etapa de su vida, biológicamente hablando, tuviese que haber tocado a su fin.

Una década después el balance es rápido: acabé el colegio, saqué una carrera, trabajo de lo que estudié, tuve mi principal desengaño amoroso -entre medias (o precisamente por eso) descubrí que la cama no es sólo para dormir- y me independicé. Ha pasado tiempo, dirán, y la semana próxima estaré a dos años de la treintena. Debo seguir siendo de crecimiento lento, porque el porqué no se va. Aunque ya, a estas alturas, no sea lo importante. Quizá nunca lo fue. Desde pequeño viví el terrorismo de cerca, amenazante, en los bajos de un coche, por la profesión que eligió mi padre, Una sinrazón tan estéril, si es que la sinrazón alguna vez no lo es, como la que llevó a 191 personas a morir aquel 11 de marzo.


Y aquí estamos, una década después escribiendo tres estúpidos párrafos porque se me sigue acabando el humor cuando pienso en la fecha que es. Sin ningún vínculo directo (en honor a la verdad, casi, porque la novia de mi profesor de Economía Aplicada del colegio iba en uno de los trenes) pero con la sensación de que, en aquellos días, el vínculo, sobre todo si vivías en Madrid, era lo más directo que nunca nos había tocado de cerca.



Ilustración de Ulises para 'El día que morí' en el Especial de www.elmundo.es sobre el 11-M

jueves, 7 de noviembre de 2013

Juguetes

Las primeras prácticas que tuve como periodista fueron en una televisión pública: Telemadrid. Un monstruo con más empleados que la BBC donde lo difícil, que no imposible, era encontrar gente válida y con ganas que no se hubiesen amoldado al lenguaje y formas funcionariales. 'Dinosaurios' (por poco ágiles y mayores) los llamaba uno de mis maestros en esa casa.

Nunca he creído en la necesidad de mantener televisiones públicas más allá de una cadena nacional, y con peros. Verbigracia: Me gusta el fútbol pero no entiendo que "la televisión de todos" se gaste una millonada en los derechos de la Champions League. Quien quiera ver fútbol, que lo pague. Quien quiera leer información, que lo pague también -no tiene nada que ver pero aprovecho-.

Mi ideal de televisión pública sería que La 1 emitiese información y producciones nacionales y que La 2 tuviese la totalidad de sus contenidos en inglés: películas, programas, documentales... Incluso la misma programación que el otro canal pero con el idioma de la isla. El resto de televisiones de titularidad pública; es decir, las autonómicas, tienen un papel de megáfono del poderoso provinciano de turno -también o, sobre todo, en Madrid-. Son sus juguetes y con ellos, como en el patio del colegio, juegan quienes ellos deciden y como ellos quieran. Sólo puedo comprender su existencia con el argumento del idioma: aquellas comunidades que tengan lengua propia y con una programación austera, sin alardes de compra de derechos millonarios.

Este último podría ser el caso de Canal 9, la televisión valenciana que echa el cierre. Sin embargo hay cosas que no se entienden. Uno de ellos, el despropósito de esos entes públicos de decidir competir con las privadas. No es su tarea, no hay igualdad de fuerzas y mientras que las privadas arriesgan un dinero que a nadie que no sea su empleado preocupa, la pública gasta el de todos.

¿La culpa es de los políticos? Puede ser, pero esa afirmación no quita de culpa a los ciudadanos. Resulta que todo lo que tiene titularidad pública depende de ellos, los de los trajes caros y los coches oficiales. Pero 'ellos' son colocados por nosotros, así que una conclusión razonable y para algunos peligrosa es que la culpa, en el fondo, es nuestra. O de los valencianos en este caso.

Se empieza cerrando una televisión, se sigue por recibir trajes y se termina por no saludar al votante. Lo peor es que, los valencianos, cuando pueden hablar con su voto, ponen la cama. El drama humano de mil personas a la puta calle -y en la puta calle hace mucho frío- me apena. Incluso mentalmente busco soluciones ficticias al cierre como podría ser una venta, una privatización; palabra demonizada por los que buscan culpables en un mundo paralelo. Claro que a ver quién es el guapo que se hace cargo de una deuda contraída gracias a, entre cosas que no entiendo, pagar a los equipos de fútbol de la Comunidad Valenciana. Y no duden que adelagazarían una estructura sobrealimentada para cumplir y pagar favores.

Tema aparte me parece, y no llego ni a los 30, el corporativismo barato. Una especie de nepotismo de grabadora y bolígrafo. Un periodista que no se solidarice con el cierre de un medio no es periodista. Falso. El cierre de Canal 9 no implica -como esas grandes palabras que escriben muchos buenista- que "muera un poco la libertad de expresión". Ese precepto se perdió por los pasillos del canal valenciano.

No echo la culpa a los periodistas, ni cámaras, ni operadores; así estaba montado el negocio y ellos decidieron participar. Cada uno carga con lo que está dispuesto a hacer y sería utópico -e inocente- pedir un periodismo pulcro de facultad.

Hay medios que seguirán cerrando, otros que abrirán y otros que intentarán sobrevivir mudando pelajes o vendiendo parte de su estructura. Seguro que un periodista, sin el apellido "en paro", seguirá siendo como una meiga. Puede que incluso me toque a mí, pero si queríamos comodidad, como dice mi padre, "haber estudiado". Y hay una solución fácil para que una administración no pueda jugar con nosotros: que tenga pocos juguetes.

martes, 1 de octubre de 2013

El WC

Tengo una carrera, periodismo, y un máster, también en periodismo, del diario El Mundo. Aunque reconozco que sólo saqué una matrícula de honor durante los cinco años que visité diariamente la cafetería de mi facultad complutense. Echando cuentas, creo que el 60% del tiempo que duró esa etapa me lo pasé entre cartas, parchís, pinchos de tortilla y rubias frescas, tanto humanas como líquidas con espuma.

Durante ese tiempo trabajé de gasolinero y más tarde en la compañía de transportes Seur. En la empresa de la flecha caminaba todos los días 4 horas, cargado con un carro de envíos lloviese, nevase o agosto decidiese derretir la acera. Mi trabajo era ir de contratante en contratante recogiendo, a pie, paquetes. Me divertí. Aprendí lo que es la responsabilidad, la confianza de los jefes, el convencimiento de que todo el mundo, desde Emilio Botín hasta el barrendero, es importante para que funcione un país. Conoces el compañerismo, las puñaladas de algunos que vestían tu mismo uniforme y a vivir con tu dinero, el ganado por ti. Ese que duele mucho más gastar que el de la paga de los domingos.

En la gasolinera no duré mucho, estaba lejos de casa -Navacerrada- pero conocí ese submundo de gente de pueblo con los que se aprende a valorar cosas que para ti ni existían. Si se hiciese una encuesta "rápido, diga el lugar más limpio que se le venga a la cabeza" ganaría por goleada la opción los baños de una gasolinera. Me tocó limpiarlos, como era de esperar. Y ahora trabajo desde hace un año en el periódico El Mundo. Fin de mi trayectoria.

Habrán adivinado a qué viene mi currículo. Uno de tantos españoles que se han ido al extranjero por el paro se ha puesto espléndido y ha sacado su palmarés para exigir jugar el partido en casa. Una especie de Casillas del periodismo y la publicidad licenciado por el CEU. Y con máster en community manager, perdón por el olvido. Viene a decir que si se tiene carrera se merece ser importante, que pongan el don delante de su nombre y esas cosas, y no limpiar retretes anglosajones. A mí, esa actitud de tengo dos carreras me recuerda a Mariano Rajoy explicando que nunca cobró en negro alegando que tiene la oposición de registrador de la propiedad. Un respeto, señores, que yo estoy leído.

Se puede ser licenciado e idiota al igual que uno se puede llamar Amancio, confeccionar batas desde los 14 años y ser el tercer hombre más rico del mundo. Es una cuestión de actitud, no de diplomas. Es innegable que la situación española es tan mala que ojalá pudiésemos todos emigrar a esa otra España, la de las portadas de La Razón, que tan buena pinta tiene. Gente muy preparada no puede trabajar, pero es estadística pura: no todo el mundo con carrera puede trabajar de lo suyo. Además, el llorón de Valencia estudió periodismo y publicidad, una profesión que, sigo pensando, no se aprende en la facultad. No es ingeniero aeronáutico en la Politécnica -por decir una- con premio final de carrera. Ni un químico excelso de un CSIC en coma. Esos sí me generan pena porque, como me dijo Margarita Salas en una entrevista, "lo malo no es irse, es no poder volver" y son profesiones necesarias para el desarrollo de un país. El periodismo lo es tanto o más, estoy seguro. Pero es una carrera sencilla donde la única coincidencia con la realidad de una redacción es que existe el trepa, el solidario, el cojonudo y el que se escaquea.

Joaquín Manso me dijo cuando me contrataron que había tenido suerte de que me quedase en el periódico y, una vez dentro, lo que iba a necesitar ya no era la divina providencia, sino justicia. Uno de esos piropos que te llegan y que, extrapolado, está cargado de verdad. Sin embargo, hay varias formas de jugársela sin tener que depender de que un gran grupo de comunicación coja un vuelo a Gatwick y te llame a la puerta. Chico, eso no va a pasar.  Hoy mismo un joven comienza su andadura en este periódico. Igual no ha sido premio excelencia en la carrera, pero qué quieren que les diga, tampoco ha llorado como el Boabdil (cambien Granada por Londres) del siglo XXI.