miércoles, 12 de julio de 2017

Los dos lados de la pancarta

Equivocarse es una forma como otra cualquiera de sobrevivir al día a día. Complicarse la vida a base de errores es motor literario y misticismo vital de perdedor sincero. Sin embargo, hay ocasiones en que fallar es una etiqueta con la que cargar para siempre.

La opción correcta, a veces, es sólo una y no estar en ella te convierte en parte del problema. Han pasado 20 años desde el asesinato de Miguel Ángel Blanco y hemos retrocedido en empatía. Salvo los asesinos, todos estuvimos detrás de la misma pancarta. Salvo los asesinos, todos llamamos hijos de puta a los mismos. Salvo los asesinos, todos éramos Miguel Ángel. A nadie se le ocurrió un pero en el país de las adversativas, una frase equidistante o una comparación sobre el dolor de unos y los usos políticos de otros. Se dejó de comprar una retórica política que ha vuelto dos décadas después disfrazada de nana de hombres de paz y esques en las condenas.

Para criticar al Partido Popular sobran ocasiones, bochornos, motivos e incluso políticos y cronistas que lo hagan. Echarle en cara homenajear la figura de Miguel Ángel Blanco es tan ridículo como acusar al PCE de usar a los abogados de Atocha. Es innegable la militancia política; así como el odio mortal que causó esa filiación. El discurso oficial intenta identificar al Gobierno con una banda vengativa y rencorosa y la gente sólo ve a personas con cara triste delante de la fotografía del hijo, hermano y nieto de todos. Ataques así son los que quieren en Génova.

Equivocarse en esto por no estar de acuerdo con quien capitanea un acto justo y noble -recordar a Miguel Ángel Blanco más allá de lo que Miguel Ángel Blanco es- entristece. En una época en la que todo es motivo de pancarta, bandera y chapa en el ojal los héroes que no pidieron serlo parecen, en el mejor de los casos, algo a superar. En el peor, una molestia.



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